martes, 5 de agosto de 2008

EL FUTURO DEL MUNDO

Barack Obama. Entre la esperanza y la destrucción.
Manuel Castells

En el mundo, incluido Estados Unidos, millones de personas albergan la esperanza de un Obama presidente. Hasta Sarkozy. Su elección tendría trascendencia política, más allá del simbolismo: un presidente mulato en un país cuya historia fue desgarrada por el racismo. Aunque Obama se modere en contacto con la realidad económica y geopolítica que hereda, su inteligencia, su apertura de miras, su audacia y su popularidad pueden representar un cambio decisivo en un país que sigue condicionándonos a todos. Es seguro que impulsaría las energías renovables y lucharía contra el calentamiento global. Su estrategia económica es crear empresas y empleo en energías renovables y tecnologías verdes, conectando con la nueva ola de innovación e inversión en Silicon Valley. Así se enfrenta con las empresas petroleras donantes de enormes sumas a los republicanos. Pero la gente está tan enfadada con quienes se enriquecen con el precio que pagamos en la gasolinera que los demócratas centran su publicidad electoral en la conexión republicanos-petroleras.

En política nacional, la prioridad de Obama será la salud pública. Y prepara un programa de estímulo económico de 70.000 millones devolviendo dinero a los contribuyentes e invirtiendo en infraestructura. El problema es el déficit presupuestario que hereda de Bush, 455.000 millones, el mayor de la historia.

Aquí Obama liga política nacional e internacional. Su propuesta es salir de Iraq lo antes posible y destinar el dineral que se gasta en una guerra inútil a cubrir gastos. Es cierto que intensificará las operaciones en Afganistán y Pakistán hasta dar con Bin Laden. Pero se trata de fuerzas especiales más que de ejército de ocupación. Además, espera contar con apoyo de la OTAN.

Partiendo de un desastre en la economía, la salud, la educación y la política exterior, simplemente con sensatez, criterio y renuncia a las ambiciones imperiales (aunque no a la defensa de los intereses nacionales de su país), muy mal lo tendría que hacer Obama para que Estados Unidos y el mundo no mejoraran sustancialmente a corto plazo.

Pero esto es el cuento de la lechera. Porque es muy posible que haya un ataque de Israel a Irán con consecuencias imprevisibles. Y no se descarta un atentado de Al Qaeda en Estados Unidos, genuino o inducido. Entonces Mc-Cain podría ganar.

Pero aun en circunstancias normales, la elección no está clara. Teóricamente, con una economía en ruinas, la gente perdiendo sus casas, una guerra impopular, un goteo de escándalos republicanos de corrupción y un Bush rechazado por el 72% de los ciudadanos, Obama debería aplastar en las encuestas. Y no es así: la síntesis de encuestas a finales de julio muestra una ventaja de 45 a 40 a favor de Obama (sin error muestral), con un 15% de indecisos.

Además, en la elección puede haber lo que los politólogos llaman efecto Bradley. Gente que se dice tolerante pero cuando hay que votar por un negro se echa atrás. Ocurre también que muchos de los fans de Hillary Clinton odian a Obama. Podría solucionarse con Hillary Clinton de vicepresidenta, pero poner a Bill Clinton en el entorno de la Casa Blanca es un problema, porque Obama no sabe qué hacer con él, sus líos, sus negocios y su resquemor.

Pero el problema que tiene Obama es mucho más profundo. Mientras ha entusiasmado a la nueva América, joven, profesional, innovadora, tiene desconcertados a los sectores viejos y menos educados, a quienes se les mueve el piso y se agarran al patriotismo. Los sindicatos lo van a ayudar con los obreros, muchos de los cuales desconfían de un Obama que ven como distinto de ellos. Pero menos del 10% de los trabajadores están sindicados en este momento, lo cual limita la influencia sindical.

Y luego está el sistema electoral norteamericano, donde no cuenta el voto de conjunto del país sino los puntos obtenidos al ganar en cada estado. Los estados del Medio Oeste son indecisos y por tanto decisivos en la elección, y es ahí donde Obama no casa con el hombre blanco tradicional, atrincherado en sus creencias. Es ese electorado conservador, machista, nacionalista y racista reprimido que los republicanos movilizan contra Obama.

La máquina republicana de ataque político está a punto. Liquidaron a Gore y a Kerry cuando nadie daba un céntimo por Bush y ahora van a por Obama. Tienen material para ello. Internet prolifera con bulos y cuentos de miedo sobre Obama: que si es musulmán, que si juró su cargo sobre el Corán, que amigos suyos fueron terroristas en los sesenta, que estuvo en la corrupción de Chicago, que su mujer odia a Estados Unidos, que Obama no saluda la bandera, que es racista, que es amigo de árabes y odia a los judíos, que se va a rendir en Iraq y plegar a lo que diga Irán, etcétera. Y su conexión con el reverendo Wright, pastor y guía espiritual de Obama durante 20 años cuyos vídeos de teología de liberación negra hicieron estremecer a mucha gente durante las semanas que se repitieron en todas las televisiones.

Sobre este terreno abonado, los republicanos preparan anuncios televisivos para sembrar dudas sobre Obama como ciudadano leal a su país. Atacan siempre el mismo punto: Obama es un negro radical, con pasado musulmán, que se está infiltrando en la Casa Blanca. Es una historia de terror que puede ser eficaz en un paísdonde todavía un tercio de la gente cree que se encontraron armas de destrucción masiva en Iraq. Calumnia que algo queda. Y como la gente tiene miedo de todo (de la crisis económica, de las hipotecas, del terrorismo), no está para aventuras.

Esta elección se juega entre la América del futuro y la América aferrada a su pasado. Y entre los intereses del complejo petroleromilitar-industrial y la nueva economía de la innovación. Entre el imperio y la cooperación internacional. La defensa de lo peor de Estados Unidos pasa por la destrucción de Obama. No se extrañen en los próximos meses de la sucesión de escándalos fabricados y tal vez algo más.

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